por Óscar Hernández
El transporte colectivo, una camioneta Volkswagen, arranca con dirección a San Antonio de la Isla. El conductor jala desde su asiento un cordón para cerrar la puerta. No hay vuelta atrás. Partimos desde el paradero de autobuses de Pantitlán y, ya desde ahí, mezclado con el de la calle, percibimos un olor diferente.
Uno, dos, cuatro, seis; perdemos la cuenta de los campos de fútbol llanero que vemos a nuestra izquierda. Algunos están vacíos, en otros la pelota deja una nubecita de tierra al golpear con el suelo. Son aproximadamente las doce del día y el sol cae a plomo sobre las canchas dispuestas a lo largo de la avenida Bordo de Xochiaca.
El olor no se quedó atrás… nos dirigimos hacia él. A medida que recorremos la avenida el tufo se hace cada vez más presente, como si nos diera la bienvenida a una zona de la ciudad que no conocíamos. A los habitantes de las cercanías de este paseo parece no importarles. Unos niños, con uniforme blanco de deporte, caminan apacibles en el patio de una pequeña escuela.
Coppel, El Portón, Wal Mart, son algunas de las tiendas que conforman un centro comercial que se ve a lo lejos. Parece irreal, parece un zigurat en medio del desierto. Tan sólo unos minutos después de haber dejado atrás aquel paréntesis de la avenida, el tiradero al aire libre del Bordo de Xochiaca nos abraza con su pestilencia. A nuestra derecha aun hay casas. A nuestra izquierda tan sólo podemos ver una larga colina de basura.
Una carreta jalada por un caballito café terroso transita sobre la calle. Arriba de la caja de carga hay dos personas de piel cobriza; uno trae un sobrero, el otro se cubre del sol con una cachucha y con el gorro de su sudadera. Hoy es sábado de tianguis de autos y aun nos falta mucho más por ver. Estamos por llegar a la avenida Del Peñón en cuya cercanía hay varios cientos de automóviles en venta. Sobre sus parabrisas, anotado con tinta blanca, están sus precios. Un Caribe de cuatro mil pesos a lado de una camioneta Chevrolet de casi setenta mil pesos, un Mustang, una Tracker azul marino, unos rines cromados para camioneta, muchos coches y poca gente.
Enseguida vemos un tianguis de pulgas. Por ahí hay un puestecito multicolor de peluches. Por allá hay una gran jaula de pájaros dorada. En una de las esquinas del mercado sobre ruedas hay varias jaulas cuadradas de metal oxidado. En su interior hay gallos que no tienen forma de resguardarse del sol. La pequeña sombra que proyecta un letrero con publicidad del Estado de México está ocupada por personas que ahí se han sentado.
Ahora vamos de regreso; sobre la avenida del Bordo, pero en dirección contraria. Es ahí en donde nos encontramos con el lugar que buscamos. Nos hemos bajado del camión y caminamos rumbo a la entrada del asentamiento. De pronto, se forma un remolino que levanta la tierra suelta. La polvareda golpea en la cara y su granizo pesado anuncia que no sólo trae tierra.
Lo primero que vemos es un pequeño tiradero de automóviles. El único carro que luce pintura brillante es una grúa naranja que asoma su brazo entre la chatarra. Unos pasos más adelante estamos sobre unas vías del tren. El camino de durmientes se pierde en un punto de fuga indefinido entre casas y arbustos. Las casitas, de aproximadamente seis metros cuadrados, parecen absorber los rayos del sol en sus paredes casi negras. Los tablones de madera con que están hechas lucen porosos, retorcidos, son de un café oscuro, como el de la corteza de un árbol. Otras casas son de láminas de cartón y de fierro. Los trozos son parches de diferentes tonalidades de café pardo alternadas con el rojo terracota del fierro oxidado. Hay una casa cubierta totalmente con grandes bolsas de plástico. El viento la empuja y los palos de madera con los que se sostiene están ladeados, pero la casita parece resistirse a venirse abajo.
Hay una entrada con dos casetas que cercan una barrera de fierro. Una señora gira la barrera para dejar entrar un camión con una carga completa de tierra. En una de las casetas hay tres mujeres sentadas en un sofá negro verdoso. Las dos se levantan del sillón para indagar qué es lo que queremos. Una es una anciana que come pepitas y escupe la cáscara sobre un montoncito desperdigado en el suelo. Tiene un vestido azul con estampado de flores. Su rostro agrietado por las arrugas que hay en sus mejillas y su frente, no muestra expresión alguna. Más bien, se ve apacible, y con la mirada un poco perdida al escuchar hablar a la otra mujer con nosotros. Esta le hace una seña con la mirada a una de las mujeres que se encuentra en la otra caseta y ella, a su vez, a un joven robusto que platica con alguien dentro de un Beetle color dorado. La comunicación visual entre ellos es eficiente y de inmediato el joven corre a nuestro encuentro.
Rogelio no advierte, dice: “Si te metes aquí, te van a partir la madre.” También dice que esos terrenos se encuentran en litigio desde hace muchos años. Habla de la forma en la que están organizados; ellos mismos se encargan de la su seguridad, dice no cuentan con servicios de ningún tipo y en cada una de las pequeñas casas de madera viven familias enteras. El hombre de escasa barba y de cabello engomado hacia arriba es paciente, responde cada una de las preguntas que le hacemos y cuando no puede responder, dice: “Así son las cosas aquí, no te puedo decir más.” Al tiempo que lo entrevistamos, han entrado y salido cuatro camiones y camionetas con su respectiva carga de tierra. Adentro del campamento hay una perra bull terrier café que camina con paso lento y saca su lengua.
Lentamente se acerca el Beetle de vidrios polarizados y rines cromados. El conductor baja el vidrio y sostiene comunicación visual con Rogelio. En el asiento trasero juegan dos niños. Le abren el paso al lujoso auto y se va en un acto que parece normal, aunque para nosotros no sea normal.
Sin éxito de poder entrar al campamento, nos conformamos con observarlo desde la periferia. Pero la hierba silvestre enredada en la malla metálica no nos deja ver muchos detalles. Entre las casas hay postes de luz improvisados y alguna que otra tienda. Cerca del quicio de la puerta de una casa hay dos hombres que asan algo sobre una parrilla puesta casi a ras de suelo. Unos niños en pantaloncillos cortos y playera, sentados en un tablón, toman refresco. Mientras tanto, nosotros regresamos a el Distrito Federal en un sábado 2 de octubre que, tras haber visto, olido, y sentido otra realidad, ya había olvidado.





