Gota de lluvia

Una gota de lluvia tiembla en la enredadera.
Toda la noche está en esa humedad sombría.

De repente la Luna la ilumina.

José Emilio Pacheco

viernes 19 de noviembre de 2010

En el Bordo de Xochiaca

por Óscar Hernández
El transporte colectivo, una camioneta Volkswagen, arranca con dirección a San Antonio de la Isla. El conductor jala desde su asiento un cordón para cerrar la puerta. No hay vuelta atrás. Partimos desde el paradero de autobuses de Pantitlán y, ya desde ahí, mezclado con el de la calle, percibimos un olor diferente.

Uno, dos, cuatro, seis; perdemos la cuenta de los campos de fútbol llanero que vemos a nuestra izquierda. Algunos están vacíos, en otros la pelota deja una nubecita de tierra al golpear con el suelo. Son aproximadamente las doce del día y el sol cae a plomo sobre las canchas dispuestas a lo largo de la avenida Bordo de Xochiaca.

El olor no se quedó atrás… nos dirigimos hacia él. A medida que recorremos la avenida el tufo se hace cada vez más presente, como si nos diera la bienvenida a una zona de la ciudad que no conocíamos. A los habitantes de las cercanías de este paseo parece no importarles. Unos niños, con uniforme blanco de deporte, caminan apacibles en el patio de una pequeña escuela.

Coppel, El Portón, Wal Mart, son algunas de las tiendas que conforman un centro comercial que se ve a lo lejos. Parece irreal, parece un zigurat en medio del desierto. Tan sólo unos minutos después de haber dejado atrás aquel paréntesis de la avenida, el tiradero al aire libre del Bordo de Xochiaca nos abraza con su pestilencia. A nuestra derecha aun hay casas. A nuestra izquierda tan sólo podemos ver una larga colina de basura.

Una carreta jalada por un caballito café terroso transita sobre la calle. Arriba de la caja de carga hay dos personas de piel cobriza; uno trae un sobrero, el otro se cubre del sol con una cachucha y con el gorro de su sudadera. Hoy es sábado de tianguis de autos y aun nos falta mucho más por ver. Estamos por llegar a la avenida Del Peñón en cuya cercanía hay varios cientos de automóviles en venta. Sobre sus parabrisas, anotado con tinta blanca, están sus precios. Un Caribe de cuatro mil pesos a lado de una camioneta Chevrolet de casi setenta mil pesos, un Mustang, una Tracker azul marino, unos rines cromados para camioneta, muchos coches y poca gente.

Enseguida vemos un tianguis de pulgas. Por ahí hay un puestecito multicolor de peluches. Por allá hay una gran jaula de pájaros dorada. En una de las esquinas del mercado sobre ruedas hay varias jaulas cuadradas de metal oxidado. En su interior hay gallos que no tienen forma de resguardarse del sol. La pequeña sombra que proyecta un letrero con publicidad del Estado de México está ocupada por personas que ahí se han sentado.

Ahora vamos de regreso; sobre la avenida del Bordo, pero en dirección contraria. Es ahí en donde nos encontramos con el lugar que buscamos. Nos hemos bajado del camión y caminamos rumbo a la entrada del asentamiento. De pronto, se forma un remolino que levanta la tierra suelta. La polvareda golpea en la cara y su granizo pesado anuncia que no sólo trae tierra.

Lo primero que vemos es un pequeño tiradero de automóviles. El único carro que luce pintura brillante es una grúa naranja que asoma su brazo entre la chatarra. Unos pasos más adelante estamos sobre unas vías del tren. El camino de durmientes se pierde en un punto de fuga indefinido entre casas y arbustos. Las casitas, de aproximadamente seis metros cuadrados, parecen absorber los rayos del sol en sus paredes casi negras. Los tablones de madera con que están hechas lucen porosos, retorcidos, son de un café oscuro, como el de la corteza de un árbol. Otras casas son de láminas de cartón y de fierro. Los trozos son parches de diferentes tonalidades de café pardo alternadas con el rojo terracota del fierro oxidado. Hay una casa cubierta totalmente con grandes bolsas de plástico. El viento la empuja y los palos de madera con los que se sostiene están ladeados, pero la casita parece resistirse a venirse abajo.

Hay una entrada con dos casetas que cercan una barrera de fierro. Una señora gira la barrera para dejar entrar un camión con una carga completa de tierra. En una de las casetas hay tres mujeres sentadas en un sofá negro verdoso. Las dos se levantan del sillón para indagar qué es lo que queremos. Una es una anciana que come pepitas y escupe la cáscara sobre un montoncito desperdigado en el suelo. Tiene un vestido azul con estampado de flores. Su rostro agrietado por las arrugas que hay en sus mejillas y su frente, no muestra expresión alguna. Más bien, se ve apacible, y con la mirada un poco perdida al escuchar hablar a la otra mujer con nosotros. Esta le hace una seña con la mirada a una de las mujeres que se encuentra en la otra caseta y ella, a su vez, a un joven robusto que platica con alguien dentro de un Beetle color dorado. La comunicación visual entre ellos es eficiente y de inmediato el joven corre a nuestro encuentro.

Rogelio no advierte, dice: “Si te metes aquí, te van a partir la madre.” También dice que esos terrenos se encuentran en litigio desde hace muchos años. Habla de la forma en la que están organizados; ellos mismos se encargan de la su seguridad, dice no cuentan con servicios de ningún tipo y en cada una de las pequeñas casas de madera viven familias enteras. El hombre de escasa barba y de cabello engomado hacia arriba es paciente, responde cada una de las preguntas que le hacemos y cuando no puede responder, dice: “Así son las cosas aquí, no te puedo decir más.” Al tiempo que lo entrevistamos, han entrado y salido cuatro camiones y camionetas con su respectiva carga de tierra. Adentro del campamento hay una perra bull terrier café que camina con paso lento y saca su lengua.

Lentamente se acerca el Beetle de vidrios polarizados y rines cromados. El conductor baja el vidrio y sostiene comunicación visual con Rogelio. En el asiento trasero juegan dos niños. Le abren el paso al lujoso auto y se va en un acto que parece normal, aunque para nosotros no sea normal.

Sin éxito de poder entrar al campamento, nos conformamos con observarlo desde la periferia. Pero la hierba silvestre enredada en la malla metálica no nos deja ver muchos detalles. Entre las casas hay postes de luz improvisados y alguna que otra tienda. Cerca del quicio de la puerta de una casa hay dos hombres que asan algo sobre una parrilla puesta casi a ras de suelo. Unos niños en pantaloncillos cortos y playera, sentados en un tablón, toman refresco. Mientras tanto, nosotros regresamos a el Distrito Federal en un sábado 2 de octubre que, tras haber visto, olido, y sentido otra realidad, ya había olvidado.

sábado 3 de julio de 2010

Magno desayuno en el Emperador

                                                                                                                             por Óscar Hernández

Diversos automóviles que forman dos filas son llevados por los valet parking con camisola amarilla. Adultos mayores salen de los vehículos; acompañados por quienes parecen ser su mujer, sus hijos y sus nietos. Para llegar al Salón Emperador es inevitable pasar frente a un lujoso lobby. Ahí; tienen apariencia de bronce y hacen recordar a los cromos de Helguera: Son esculturas -de aproximadamente dos metros y medio- de un indio que sostiene a una mujer desnuda. Más adelante hay una gran escalera con barandales de metal cromado. Hasta arriba, hay unas mesas con mantel blanco y sobre ellas muchas carpetas negras de piel. Algunas mujeres en traje guinda reciben a los invitados. Buscan su nombre en una lista y los acompañan al interior del salón. Estamos parados sobre un mosaico redondo de mármol y, el lujo del lugar -con la formalidad del atuendo de los presentes-, hace recordar la escena del comedor de cierta película de un barco que naufragó.


Es el Hotel Marquis Reforma, son las once de la mañana. Adentro del Salón Emperador hay más de 400 ex alumnos de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica. Inscrito en unas tarjetas puestas sobre la mesa, dice: “Nada tan satisfactorio como el éxito alcanzado por el propio esfuerzo.” Al interior del obsequio, están impresas unas fotografías en tono sepia de los planteles en donde -los ahora ingenieros- estudiaron su carrera: El edificio en la calle de Allende 38, y la Unidad Profesional Adolfo López Mateos en Zacatenco.


Tienen cincuenta años de haberse recibido de las ingenierías mecánica, eléctrica, aeronáutica, y de comunicaciones y electrónica. Algunos tienen los mismos años de no verse y es de esperarse que no recuerden sus nombres ni sus rostros. Pero quienes logran recordar a el amigo de carrera o el ex compañero de trabajo, se acercan animados a saludarse; seguido de un fuerte abrazo y una larga conversación. Hay grupos de amigos por todas partes. Quienes en realidad desayunan son los familiares. Están atentos a los reencuentros.


-No recuerdo cómo te llamas ¿Te acuerdas de mi?-. Se acerca a preguntarle un señor de traje oscuro a otro que con dificultades lo escucha. Entonces se forma otro grupo. Parece que la memoria les hace una jugada a los ingenieros. La misma que por muchos años fue fiel compañera, ahora viene y va.


Da unos golpecitos de prueba al micrófono. Un señor de bigote y con chamarra de la ESIME en blanco y verde, toma la palabra. Tiene dificultad para llamar la atención, en ese momento, los ingenieros están muy entretenidos en su plática.


-Voy a tener que reportarlos con el director-. Desde un atril ubicado al fondo del salón, el organizador del evento bromea e invita a sus ex compañeros a tomar asiento. Poco a poco regresan a sus lugares mientras a todos les da la bienvenida.


Es un discurso breve, pero con la madurez de un hombre de más de 70 años. Recuerda algunos de los eventos históricos más importantes ocurridos en el lapso de 1960 al 2010. Habla de la posguerra, de la llegada del Hombre a la Luna, de la caída de los bloques socialistas y del progreso de las telecomunicaciones. Cuando termina, se reanuda el desayuno.


Al fondo del salón también hay una gran pantalla. En ésta se proyectan fotografías de algunos ex alumnos. Las imágenes nos transportan a fínanles de los cincuenta. Los compañeros lucen tan jóvenes, algunos con cara de adolescente. Usan el casquete corto, engomado. Otros, tienen esos lentes de pasta gruesa, típicos de la época. Todos usan camisa de manga corta -bien fajada- y pantalón de vestir. En una de las fotografías hay tres alumnos recargados sobre la parrilla de un autobús Chevrolet 1957; Arriba del parabrisas, en el toldo, dice: Instituto Politécnico Nacional. Una diapositiva provoca algarabía en particular. Se trata de un diploma con la fotografía de un muchacho. De inmediato, se levanta un señor y alza la mano. Al fondo -confundidos con las voces en el salón- se escuchan aplausos y algunos gritos. Es la misma persona de la foto… cincuenta años después.


De una pequeña puerta salen en fila un grupo de meseros con un traje clásico de pantalón negro y camisola blanca. Traen charolas de metal que recargan en su hombro derecho y se dirigen a las mesas. Unos retiran el vaso en donde estaba servido como aperitivo yogurt con frutas, otros sirven café y dejan el platillo principal. La quiche lorraine es una delicia. Se trata de una tortita del tamaño de un bisquet. Está compuesta por una base de pasta que tiene sabor a pan. Encima tiene un poco de pollo deshebrado bañado en crema de tomate y está cubierto por una capa crujiente de queso derretido. Además, por cada lugar, hay en la mesa un vaso con jugo de naranja, unos platitos con biscochos miniatura y unos frasquitos con tres tipos de mermelada: de fresa, de chabacano y de zarzamora.


Después de un tiempo suficiente para terminar el desayuno, Jorge Cendejas sube otra vez al estrado. Trae un discurso preparado. Ahora habla sobre la importancia de recuperar la educación tecnológica como modelo para mejorar la sociedad actual. De pronto, aprovecha la oportunidad para agradecerle a todos su asistencia. Pero las gracias se centran en el que parece ser en realidad el ausente protagonista del evento, el gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto.


Cendejas nos entera de que el padre del gobernador, Enrique Peña del Mazo, también fue estudiante de ingeniería eléctrica en la generación presente. Nos informa que el desayuno ha sido invitado por Peña Nieto debido al gran aprecio que dice tener por el Politécnico y en especial por la ESIME. Es entonces cuando el discurso se vuelca en una serie de agradecimientos y reconocimiento hacia el funcionario mexiquense.


Frente al estrado, la mesa principal. Ahí están los familiares de Cendejas: su mujer y sus cuatro hijos acompañados de sus esposas. Pero también hay un personaje más, el tío de Peña Nieto, Arturo Peña del Mazo. Ante la ausencia del gobernador del Estado de México el orador lo invita a pasar para dirigir unas palabras. Del Mazo se levanta con cierta timidez histriónica y se voltea para agradecer los aplausos. Trae un traje gris, el saco le queda un poco grande y su semblante muestra cansancio. Sube apesadumbrado los escalones que lo conducen a el atril y comienza su discurso.


Sus primeras frases denotan que no viene preparado. Pero es notable la forma en que Arturo Peña domina el arte de la oratoria. Al igual que Jorge Cendejas, habla sobre la necesidad de fortalecer al Politécnico Nacional como un semillero de futuros mexicanos de provecho para la nación. Empieza -con toda claridad- contando la forma en la que el instituto se formó como una necesidad por ofrecer educación al país tras el periodo posrevolucionario. Cuenta también, el proceso de educación pública que llevó al logro de conformar una escuela de educación superior tan importante como lo es el Politécnico. Pero al igual que su compañero, aprovecha la oportunidad para recordar de nuevo a los presentes la generosidad y compromiso que su sobrino tiene con el país. Resulta extraño ver a un hombre hablar de lo que otro piensa. Parafrasea los deseos y hasta los sentimientos de su sobrino. Después de un rato, el discurso se torna un poco confuso y logra perder la atención de algunos de los presentes. Ahora parece ser que todo tiene el nombre de Peña Nieto. Del Mazo prepara el final de su participación y Cendejas toma la palabra para anunciar que el magno desayuno se realizará anualmente.


-Esto es un acto totalmente político-. Un ex alumno se apoya en los hombros de su compañero, y este asienta con la cabeza.


El ingeniero mecánico Julio Galindo Rojas, Enrique Molina Martínez de la ingeniería en comunicaciones, el ingeniero electricista Agustín Maldonado Gómez y Carlos Ugalde Guerrero en Aeronáutica, son los galardonados de la generación 1957-1960 por su destacado ejercicio profesional. Carlos Ugalde cubre su calva con una gorra verde de la ESIME mientras camina hacia el grupo de seleccionados. Cendejas les entrega una carpeta con el reconocimiento al tiempo que los flashes los iluminan.

-¡Huelum Huelum!¡Gloria!¡A la cachi cachi porra, a la cachi cachi porra, pim pom porra, pim pom porra! ¡Politécnico, gloria!- El organizador dirige una porra y un hermoso Huelum resuena en el Salón Emperador. Es un grito que parece inyectarle una buena dosis de energía al alma de un gran número de ingenieros entrados en los 72 y 73 años. Orgullosos de su escuela, tienen blanco el corazón y corre por sus venas el guinda del Instituto Politécnico Nacional.

lunes 26 de abril de 2010

Esto no es una crítica


L'empire des lumiéres

por Óscar Hernández

El Museo del Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México se ha caracterizado por traer exposiciones pictóricas de alto nivel al país. Sin duda las obras de los artistas más consagrados han sido exhibidas en las salas de este recinto nacional del arte por excelencia. Ello convierte a Bellas Artes en una prestigiosa vitrina del arte nacional e internacional, de ahí que en esta ocasión haya logrado ser el espacio que albergará durante casi dos meses una muestra retrospectiva de uno de los artistas más significativos del modernismo y cuya turbulencia en el arte ha tenido cada vez mayor amplitud en la pasada primer década del siglo XXI.

Es importante la reunión de obras provenientes de muy diversas colecciones de las instituciones de arte más destacadas del mundo como el Museo de Arte Moderno de Nueva York, la Galería Tate de Londres, el Museo Smithsoniano de Arte Americano o el Centro Pompidou, entre otros. Como pequeños fragmentos de un todo se ha integrado una exposición importante con un muy poco arriesgado discurso curatorial a pesar del gran potencial temático de la obra del pintor belga de Lessines, René Magritte.

Si bien capitalinos y visitantes nacionales y extranjeros hemos sido afortunados con tener la oportunidad de disfrutar exposiciones pictóricas que colocan a Bellas Artes dentro de los museos de arte más importantes de Latinoamérica, también es importante usar ese templete de mármol para mostrarle al mundo que nuestra institución está lista para articular discursos interesantes y propositivos a través de nuestros curadores. En esta ocasión no fue así. Lo grave es que tras casi treinta años de haber surgido el proyecto de educación curatorial, iniciado en México durante la década del ’80, aun no ha logrado generar profesionales destacados en la materia y casi todo aquel que ha sobresalido ahora trabaja en museos fuera de México.

La directora del Museo del Palacio de Bellas Artes, Roxana Velásquez en conjunto con la curadora Sandra Benito, se dieron a la tarea de armar el concepto curatorial cuyos aciertos deslucieron por la gravedad de pocos errores. Algo que Bellas Artes debería entender de esta oportunidad desaprovechada es que el encargado de la dirección de un museo, no por ser el orquestador tiene la autoridad para dar sus aportaciones a la labor de una persona que se profesionaliza en la difícil tarea de generar un discurso a partir de la obra como lo es el trabajo del curador.

En un giro extraño en la disposición del recorrido, la muestra inicia en la salas del segundo piso del Palacio obligando hacer un trayecto del museo de arriba hacia abajo, como si de repente Bellas Artes fuera una especie de Guggenheim de Nueva York. Enseguida se descubre una de las intenciones de la distribución y acomodo de la obra; Cada una de las salas desarrolla una temática diferente apoyada con breves explicaciones y grandes líneas cronológicas que contextualizan el transcurso de la vida artística y personal del pintor con la historia mundial y la de México. Esta estrategia de cualidad didáctica se sumó al esfuerzo por aportarle a los espectadores herramientas para una mejor comprensión de la obra del artista belga.

En la primer sala se encuentran piezas importantísimas que relacionan el interés que Magritte desarrolló por la pintura metafísica de Giorgio De Chirico. Dicha investigación pictórica en base a la asociación de signos y símbolos sería lo que llevó a Magritte a diferenciarse del automatismo y la exploración del inconsciente tan explotada por los surrealistas puros. Es por esto que de manera muy acertada se ocupó uno de los muros de la sala para mostrar una gran ampliación del manifiesto visual de Magritte Les mots et les images (Las palabras y las imágenes) en donde el espectador encuentra un entremés de lo que está por ver.

Una de las salas accesorias del segundo piso fue usada para montar pequeñas fotografías de la vida privada, autoretratos e imágenes de la faceta cinematográfica del pintor. Es de extrañarse la presencia de algunos ensayos fotográficos que anteriormente han sido expuestos en otros lugares de la ciudad. Pero el recurso tecnológico para curar la apreciación de las diminutas fotografías con un interactivo en el cual el visitante puede ampliar las imágenes, también anuncia lo que el museo, en cuanto a apoyos tecnológicos, nos tiene preparado.

El refuerzo didáctico es muy importante en las exposiciones de arte, sobre todo cuando se trata de autores cuya complejidad de su obra exige una participación activa del espectador. Dicha invitación, quedó bien montada en el espacio lúdico de la muestra junto con un interactivo más en donde las personas se podían convertir en alguno de los personajes misteriosos de Magritte.

La sala Jorge Gonzáles Camarena sirvió de escala para mostrar el segundo grupo de piezas significativas conformado por obra en la que el artista de Hainaut se separó del movimiento surrealista de Bretón para comenzar a configurar su propio discurso plástico; consolidándose el uso de elementos recurrentes en toda su obra como el cascabel, la figura femenina y la pipa. En este bloque destacan por su discreción dos de los tres únicos dibujos originales a lápiz de toda la muestra: la Mujer botella y pequeños bocetos para pinturas. La rapidez en la ejecución del segundo habla de una etapa de madurez en el desarrollo de conceptos y el uso de la pintura como un medio para explorar la belleza conceptual de las paradojas visuales y su interés por el lenguaje.

La belleza de las ideas, una ejecución técnica más depurada y una postura y discurso plástico asimilado de René Magritte se presentan en las últimas tres salas de la Galería Central del Palacio de Bellas Artes en el primer piso. Dentro de una galería de muros oscuros y una iluminación extraña que cubre muy bien los cuadros de mediano formato, pero que parece no hacerlo muy bien con los guaches de pequeño formato, perdiéndose cierta intimidad en esas pinturas, se encuentran algunos de los iconos de la retrospectiva.

Una cosa fea entre más grande más fea es. En lo que parece ser un elemento decorativo, dos grandes proyecciones de animación digital ocupan los muros extremos de la galería central. En la decisión de dejar estos apoyos visuales ahí, radica, a mi juicio, el derrumbe de la curaduría hasta entonces ordenada y bien lograda. Dichas proyecciones no son obras de arte digital, no son apoyos dinámicos o descansos visuales que ayuden en nada al recorrido y mucho menos establecen un diálogo con las pinturas, sino todo lo contrario, pelean con las piezas inmediatas a ellas y las estorban. A ese defecto se puede agregar el haber desperdiciado dos de los muros más importantes de la Galería Central de Bellas Artes o dicho de otra forma; En un muro en donde estuvo recientemente la pintura del El martirio de San Sebastián de El Greco, los nuevos curadores ocuparon el espacio para clavar unos paraguas y proyectar la caída de manzanas y pipas.

En una época de plena reproducibilidad y consumo de las imágenes, algunas de las pinturas de Magritte, como El imperio de las luces II, El beso o El principio de Arquímedes, entre muchas otras, son imágenes más famosas que su autor. Muchos de los visitantes que reconocen las imágenes se enfrentan a la sentencia de la pérdida del aura anunciada por Walter Benjamin en su ensayo La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica. Algunos, entre ellos el escritor de estas líneas, al tener la oportunidad de apreciar la obra original de Magritte, por fin, después de muchas vistas en las impresiones de los libros de arte, quedamos dudosos de la precisión de las palabras del crítico alemán. Ver el original de miles de impresiones es como volver a ver a un amigo de la infancia o a una persona de la cual se tiene la impresión de haberla conocido desde siempre y eso la hace más que única. Quizá el estar frente a uno de estos viejos amigos, que pueden ser los cuadros, podemos descubrir que sus reproducciones no han hecho otra cosa sino hacer más grande y luminosa su aura.

El mundo invisible de René Magritte es un título inspirado en la idea del autor belga de que hay una realidad existente oculta en los objetos y que ésta se puede hacer visible a través de el arte. Queda claro que la intención del discurso de la muestra en Bellas Artes está enfocada a enfatizar el interés de Magritte por el análisis del lenguaje. Es esta teoría en torno a la obra la que ayuda a entender que este artista fue uno de los puentes entre el arte modernista y el posmodernista y a revisar el influjo que sigue teniendo actualmente en las artes plásticas y visuales.

martes 9 de marzo de 2010

Que el duelo se evapore

por Óscar Hernández



A una semana de las lluvias que registraron más de 36 millones de metros cúbicos de agua en 12 horas provocando inundaciones en el Valle de México, cinco mujeres organizadas lavaban la calle frente a una escuela en Ciudad Lago. Tres tallaban fuertemente con una escoba el suelo enjabonado de la banqueta. Las otras dos arrojaban agua a chorro con una manguera en los pequeños tramos de calle recién tallados. Justo cuando el microbús con dirección al metro Deportivo Oceanía me alejaba de esta imagen, salió un hombre vestido con traje gris de la puerta abierta de la que alcancé a ver Escuela Primaria Carlos Hank González, uno de los 585 planteles en suspensión de clases. Con la cara en alto y las manos cruzadas apaciblemente en la espalda, desde su ceniza cara regaló una sonrisa a las mujeres en pie de limpieza. A unos cuantos metros de la escuela estaba estacionado un gran camión blanco de desazolve. Moderno y reluciente lucía el logotipo del municipio de Nezahualcóyotl en su tanque desde el cual salía una grande manguera que colgaba frente a la cabina.

El generoso chofer del microbús hizo parada en el lugar justo donde le pedí me indicara bajar. Tres camiones foráneos amarillos con dirección a Texcoco aguardaban en una pequeña terminal de autobuses sobre avenida Texcoco. Mi destino era la calle Lago Ballén llegando a través de la calle Colhué, sobre la cual al internarme lentamente percibí un ligero olor a cañería.

Pequeños muebles afuera de la puerta de algunas casas, muebles amontonados junto con alguno que otro electrodoméstico. Un grupo de sillones de automóvil acomodados en fila sobre una loza elevada y una capa de lodo grisáceo sobre las banquetas fueron mis segundas impresiones. Tan sólo pequeños vestigios de las más de 3 mil viviendas afectadas en el municipio del coyote hambriento.

Avanzando sobre la calle de Coluhé observé a tres mujeres que conversaban frente a una pequeña tienda de abarrotes. La tendera compartía impresiones con las señoras, quienes seguían comentando recuerdos de los días en que justo en donde estábamos parados las aguas negras corrían como si la calle fuera un río. Más de 20 mil litros de aguas negras provenientes del Distrito Federal rompieron el muro de contención del Río de los Remedios. Todo esto a partir de que la tarde del 3 de febrero se desbordara el cárcamo del Sistema de Aguas de la ciudad de México.

El escenario se veía bastante apacible. Resultaba difícil imaginar lo escuchado, sobre todo porque las calles lucían barridas a pesar del lodo seco. El interior de las tiendas parecía normal y el de una pequeña farmacia mostraba el blanco y brillante azulejo de su suelo. No, aquí no parecía haber ocurrido una inundación de tal magnitud. La tranquilidad y hasta sonrisa de algunas personas fuera de su casa me hacían creer inverosímil lo visto en televisión y fotografías de prensa, en que el nivel del agua alcanzó el metro y medio de altura al interior de las casas. De no ser por el registro de metal de una coladera rodeado de una mugre fresca negro verdosa, esparcida hasta un metro de diámetro, no habría caído en la cuenta del lugar en donde estaba. La gruesa nata que aun cubría la tapa, dejaba ver el logotipo del municipio de Nezahualcóyotl tan claramente que no supe precisar si el registro era nuevo o estaba realmente sucio. Detrás de mí encontré estacionado un camión de carga repleto de láminas sucias de aluminio y trozos de lo que habrían sido muros de yeso prefabricados. Una mínima muestra de las más de tres mil 500 toneladas de basura retiradas y mil 500 toneladas de desechos que faltaban por levantar.

Del otro lado de la acera tres jóvenes sentados sobre la banqueta y uno parado platicaban en voz baja mientras tomaban cerveza de una lata. Ya me encontraba sobre la calle Lago Ballén, eran justo las diez de la mañana, el clima era templado y el sol apenas comenzaba a calentar con delicadeza las calles de esta colonia en donde el agua reinó a sus anchas.

Doña Arcadia salió de su casa a mi encuentro. Vestida con una gran camisa de mangas largas y pantalones pescador, gorra y sandalias. Nos presentamos y entramos a su casa. Al interior de Lago Ballén 33 el olor a caño al que tal vez ya me había acostumbrado en las calles de Ciudad Lago se intensificó. Sentados en una sala improvisada, de sillones gruesos y acolchonados, cubiertos de mantas con estampado, fue donde tuvimos una conversación durante cerca de veinte minutos. Ahí me enteré del proceso que vivieron los colonos, desde las lluvias del 3 y 4 de febrero que dejaron imposibilitados a familiares que regresaban de su trabajo para entrar si quiera a la colonia en donde se encuentra su casa. Según las noticias, familiares de los afectados y la Agencia de Seguridad Estatal, con ayuda del Ejército y la Marina, evacuaron a más de 5 mil personas que quedaron atrapadas.

Mientras me platicaba su testimonio, la corpulenta mujer me regalaba sonrisas que capturaban mi atención y me abstraían por un momento de las muchas distracciones que podía ver desde mi lugar. Sobre la mesa del comedor habían tres piñas, dos pencas de plátano tabasco y algunas bolsas de plástico con más frutas. Más al fondo, recargada sobre la pared de color azul celeste y a un lado de la mesa del comedor, alcancé a ver una caja de cartón. Doña arcadia se levantó para mostrarme sacando de la caja algunas de las cosas que trabajadores del municipio le habían traído.

Sentados de nuevo en el sillón de la sala que unos familiares le habían regalado, continuamos la conversación.

-Como vez, en esas cajitas hay frijol, atún, sardina, una bolsita de medio kilo de arroz que ahí están todavía. Nosotros todavía estamos usando platos deshechables porque allá afuera todavía tengo el montón de trastes que no he podido todavía lavar- Me comentó Arcadia mientras se alzaba la gorra para rascarse en la frente.

Más adelante, mientras se escuchaba el zumbido de un avión y los ladridos de su mascota Ely, quien amarrada a un tubo aguardaba un poco impaciente en el patio, le pregunté a la señora si ya se habían organizado los vecinos para pedir algún tipo de indemnización al municipio.

-Mira, vinieron haciendo un censo para ver qué se te había perdido, hasta dónde llegó el agua… Nos dijeron, palabras textuales: No les aseguramos que les ayuden ni nada. Esto nada más es para ver si les pueden ayudar en algo, pero no sabemos todavía si les van a ayudar en algo o no. Palabras textuales. Apenas hace tres o cuatro días vino el gobernador, anduvo por las calles y por eso se apuraron a lavar más y a limpiar porque él iba a venir. Pero tampoco nos dijo si nos iban a dar algo o no.

-Entonces nada más vino a hacer un recorrido de la zona.

-Sí, pero le digo. Ahorita ya para qué, ya estamos secos. Hubiera venido cuando estábamos hundidos. Yo no digo que se pasara a todas las casas y calles, pero por lo menos que viera realmente cómo estábamos.

-Se refiere a Peña Nieto o a Eruviel.

-A Peña Nieto… Habían brigadas muy grandes de limpieza… Hubiera venido cuando las aguas estaban casi lléndose, en que las calles eran como si fuera una zona de guerra, como si hubiera habido un bombardeo.

En la semana, la Secretaría de Gobernación había estado anunciando el desembolso de 38 millones de pesos en la provisión de comida, colchonetas, mantas, kits de limpieza y medicamentos como ayuda provisional.

Le pregunto si han venido a visitarla por parte del sector salud e inmediatamente responde que sí:

-Toda la semana, desde que pudieron entrar, han estado vacunando contra el tétanos, hepatitis B, difteria, influenza estacional y la AH1N1.

-¿Y usted se ha sentido bien, no ha tenido algún padecimiento?

-Pues qué crees, que me han estado saliendo ronchitas. No sé si se me alcance a ver, mira .Y me dan mucha comezón-. Se retira la gorra para enseñarme una pequeña escamación blancuzca en la frente.

Más adelante me comentó más detalles de su experiencia; Sobre algunos abusos por parte de los vendedores de tortilla que han pasado a vender el kilo en dieciocho pesos. Su temor por que esto vuelva a ocurrir en la próxima temporada de lluvias, tras haber colocado por el momento unas frágiles costaleras a lo largo del Río de los Remedios. El cómo jamás se habían inundado de tal manera en los más de cuarenta años que tiene de vivir en la colonia. Y termina nuestra conversación diciéndome: A nosotros nunca nos había pasado, pero siempre hay una primera vez.

Nos levantamos del sillón y me hizo acompañarla un poco más al interior de su casa. A un lado del comedor me señaló un cuarto en penumbra tras cuya puerta abierta había una litera repleta de bultos de ropa. A unos pasos de donde estábamos llegamos a un pequeño pasillo en donde habían muchos trastos sucios, aún enlodados, tirados en el suelo. Le pregunté por un pequeño baño que se veía más al fondo y Arcadia se paró frente a mi indicándome que todo lo que veía ahí habían sido objetos que estuvieron flotando y que le daba pena seguir mostrando más hacia adentro.

Al salir de su casa continuó enseñando algunos electrodomésticos y muebles, acomodados debajo de un tapanco de lámina de fierro oxidada, que ha tenido que sacar a que les diera el sol, en esa hora del día tan generoso. Finalmente se agachó para acariciarle la panza a su pequeña perra Ely. La simpática bull terrier rodaba para que también la acariciara al acercarme a ella y doña Arcadia me enseñó unas pequeñas heridas en todo el cuerpo del animal, pero principalmente en las patas, bastante notables por su pelo blanco. -A la pobrecita la encontré nadando- Me dijo.

Al salir de su casa noté un sentimiento de agradecimiento de esta habitante de Ciudad Lago. Al parecer, para ella fue bienvenida cualquier muestra de interés por parte todas las personas que han venido a verla. Nos despedimos y continué mi camino de regreso a casa no sin antes imaginar que de haber venido dos días antes, estaría caminando entre las aguas negras y sorteando objetos flotantes como me lo dijo Arcadia en su relato.

A catorce días de las inundaciones muchas huellas en calidad de mugre y basura habían sido retiradas. Según el testimonio de la señora Arcadia, más hacia adentro hubieron familias que lo perdieron todo. Muchos objetos quedaron flotando y el caudal de aguas negras se los llevó quedando el recuerdo de su valor afectivo en la memoria.

El Fondo de Desastres Naturales dará 192 millones de pesos para atender las necesidades dejadas por las pasadas lluvias. Apremia la necesidad de acelerar la obra de la Casa Colorada Profunda, en donde estará la bomba que hará correr el agua del tuvo subterráneo del Río de los Remedios, y se anuncia que este año estará listo el Tunel Emisor Oriente. Sin embargo, una vez más, después de 10 años en Chalco y hace unos meses en Valle Dorado en donde quedaron inundados por la misma situación, la esperanza de vivir en una ciudad segura se desdibuja del rostro de las personas. Las sonrisas de los habitantes de Ciudad Lago finalmente me dieron un ligero indicio del deseo por que la preocupación de sus pérdidas se evapore junto con el agua que entró hasta su casa.

miércoles 3 de marzo de 2010

Morir de vida, vivir de muerte

Morir de vida, vivir de muerte, es el título de la exposición pictórica de la artista Sandra Pérez que será inaugurada el próximo jueves 11 de marzo a las 19:30 hrs. en la galería central de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”. Ubicada en el Centro Nacional de las Artes en avenida Río Churubusco no. 79, col. Country Club, México D.F., permanecerá hasta el 26 de marzo del 2010.

Con una reunión de piezas realizadas aproximadamente durante los últimos 4 años, la joven egresada de La Esmeralda ha conformado una muestra, que ha manera de retrospectiva, aborda la temática más constante en su obra: la inquietud ante la agonía de estar vivo.

A través del lenguaje pictórico, las diversas reflexiones en torno a “las modificaciones que la enfermedad ejerce sobre el cuerpo”, han sido traducidas a una serie de recorridos sobre soportes de tela, plástico y papel, en donde bicromías con el blanco juegan con su cualidad de color y no color.

“El color es simbólico en la obra, blanco como la nada y a su vez como el todo, un lugar, el espacio donde ocurren cosas, esas cosas, vida y muerte, transformaciones, modificaciones, alteraciones, casi no las percibimos; algo apenas visible está en ella”.

lunes 16 de noviembre de 2009

Iquitqui moni kan Lolita (Yo me llamo Lolita)

Una joven que trabaja haciendo la limpieza.
Siempre barriendo, trapeando y sacudiendo,
entre trapos y ropa sucia
se da la oportunidad de reír y cantar.
por Óscar Hernández
Un pañuelo arremolinado que Lolita aprieta nerviosamente, mismo que hacía un instante le recogía el cabello, ahora lo frota y aprisiona sobre el sillón. “Pero es que yo no sé qué es una entrevista, yo no sé nada”, me dice Lolita con temor. Me regala una sonrisa y ríe al tiempo me mira con timidez para volver a posar su mirada en el pañuelo.

En contraste, tras preguntarle de dónde viene, se asegura de hablar con claridad y mirándome fijamente a los ojos me responde: “Pues… ya sabes dónde ¿no? de Veracruz”. ¿Y cómo se llama tu pueblo?, le pregunto. Filomeno Mata.

Ha estado lavando el patio. Entre la humedad que le quedó de un trapo y sus nervios característicos cada vez que alguien quiere hablar con ella, se seca las manos en su falda frotándoselas sobre sus piernas.

Para un citadino, como el de la capital, la palabra Veracruz lo remonta al mar, pero Lolita no conoce el mar. Su pueblo se encuentra incrustado en la sierra y goza de un clima similar al del Distrito Federal salvo en diciembre cuando, asegura, hace mucho frío.

No sabe con certeza, pero Lolita cree que hace ya más de diez años vino a la capital. Al preguntarle su edad, mira alguna parte del techo y titubea antes de responder. Dice que tiene veinticuatro años, aunque tampoco lo sabe con certeza.

En Filomeno Mata ha dejado a sus padres y a sus cuatro hermanos. Fue una madrina suya quien las trajo a ella y a dos amigas a trabajar, compañeras con quienes aún vive y comparte gastos en una casa en lo alto del cerro de la colonia Estanzuela. Últimamente ha tenido ganas de cambiarse de casa, no se ha sentido a gusto y quisiera irse de allí con una amiga. Pero a pesar de ser una casa a la que si bien cuesta trabajo subir, es envidiable por su vista: una gran parte de la Villa de Guadalupe.

-¿Te gusta más tu pueblo?
-Antes sí pero ahorita ya no me gusta. Porque cuando llegué aquí no me gustaba, me gustaba más allá, pero ahorita ya no.

“No me gustaba nada de aquí… pero ahora ya cambié”, me dice Lolita segura de sí. Deja de verse temerosa, ha dejado el pañuelo y ahora juega con un pez de plástico que no supe de dónde sacó.

-Qué lugares te gusta visitar cuando tienes tiempo en tu día de descanso?
-Me gusta ir al cine, me gusta ir a La Feria de Chapultepec, los carros chocones, los animales de Chapultepec y de todo, todo eso.

Ha mordido el pez con el que jugaba y de éste brotó un chisguete de agua que me moja en la cara. Los dos reímos y entrando más en confianza le pregunto sobre su niñez. “Es que no jugaba yo porque no me dejaban jugar”, me comenta.

-¿Trabajabas desde muy pequeña?
-No muy chiquita, pero me mandaban a acarrear el agua. Como trabajaba en el campo mi papá, me llevaba el agua y todo eso y le llevaba su lonche a mi papá.

A veces sí jugaba, pero me regañaban”, ríe Lolita recordando que le gustaba jugar con la tierra a hacer masa para tortillas con el agua. Ahora su mirada parece dirigirse hacia adentro, recuerda a las primas con quienes jugaba y lamenta haber perdido de vista algunos amigos que se quedaron en su pueblo.

Filomeno mata es un pueblo totonaca. Según Lolita las tradiciones de Día de Muertos y Navidad son parecidas a las de la ciudad. Allá cuentan con el ritual de los voladores de Papantla, pueblo que también conoce.

Le pregunto sobre la comida de su pueblo y me comenta: “Es que casi no es lo mismo que aquí que allá. Porque aquí es bien dicho que hay dinero, entonces se come de todo. Allá si hay pollo pues pollo, si hay sopa pues sopa, si hay mole pues mole”. De aquí su platillo favorito son los tacos.

Saliendo de la Central del Norte rumbo a Poza Rica, pasando por Coyuca y de allí a su pueblo, Lolita visita a su familia aproximadamente cada tres meses. Ahora lo hace un poco más seguido ya que tiene que arreglar un problema en el que le quieren quitar una propiedad que le pertenece a sus padres.

Cuando Lolita lava le gusta escuchar música y a veces, cuando cree que nadie la escucha, canta. Si encuentra un radio o estéreo en la casa en donde trabaja, pone sus discos. La música que sea, aunque de preferencia Selena, Los Temerarios, Los Acosta y el Buki, de quienes se sabe algunas canciones.

Le pregunto quién estaba cantando, si su prima o ella en casa de una tía, y la joven totonaca suelta en risa. Su sonrisa me hace recordar a las figurillas sonrientes totonacas. Niega saber quién estaba cantando, aunque entre risas acepta gustarle cantar sellando el importunio de mi pregunta con un “inche Óscar”.

En el lapso en que Lolita ha vivido en la ciudad ha conocido poca gente. La ocasión de encontrar algún enamorado aún no ha llegado, ya que a diferencia de sus primas ella se considera tímida y habla poco con los muchachos que se encuentra los domingos, su día de descanso.


Duele reconocerlo, pero es de extrañarse el que a diez años de vivir en la capital solamente la hayan asaltado en dos ocasiones, una en la calle y otra en el microbús. Platica que un perro que vive por su casa la mordió en una ocasión y que por eso no le gustan los perros, “me chocan”, me dice.

Además de salir a pasear, Lolita pasa su tiempo libre entre la música, bromas telefónicas y las telenovelas. Un deseo fantástico parece iluminar su rostro y con voz seria me dice que le gustaría quedarse a vivir en la ciudad. “Nada más para trabajar y todo eso. Y tener mi casa, pero pues no, nunca lo voy a hacer. Uy, si yo hubiera ahorrado antes ya habría tenido mi casa, pero he tenido que pagar renta”, Lolita reflexiona y entristece un poco al ver su casa como un sueño y no poderla conocer en palabras visibles y palpables.

También me gustaría estudiar. Aprender a leer y a escribir más bonito. Sé leer un poquito, la joven me platica y confiesa que le gusta más el español que el totonaco. Entonces me animo a preguntarle que si yo le enseño a leer y a escribir ella me podría enseñar totonaco. La sonrisa le regresa al rostro y ambos nos ilusionamos. Ella me enseña a decir algunas frases que necesitaría saber al llegar a Filomeno Mata y ahora, por lo pronto gracias a esta joven totonaca, sé decir: la gati an Lolita (eres bonita Lolita) e iquitqui moni kan Óscar (yo me llamo Óscar).

viernes 30 de octubre de 2009

El silencio dice: voy a trabajar. Y calla.

Entrevistado en su estudio de grabación, Oswaldo D’ León, guitarrista de la banda de rock La Castañeda, una banda que sin duda se convertirá en uno de los cásicos del rock Mexicano, platica sobre sus inicios en la música.
por Óscar Hernández

Sobre Anillo Periférico en dirección al Norte, a la altura del Campo Militar no. 1, el microbús cruza los puentes que salen de Lomas de Sotelo y no me he percatado de que el gran domo ya no está más. Detenemos el bus y, continuando sobre la banqueta, la luna nos regala una sonrisa amarilla que se asoma sobre el horizonte de una calle ascendente.

Estamos en el lugar y Oswaldo nos arroja las llaves de su apartamento para que subamos. Ya nos aguardaba y tras abrir la puerta me mira rápidamente, sabe a lo que vengo. Descanso en una sala, sobre una pared están los siete discos de La Castañeda enmarcados. En otro muro, un cuadro de mediano formato. Se trata de un rostro rodeado por un fondo asfixiante de formas orgánicas; esas imágenes las conozco, es un delirio ácido, esquizofrenia gráfica.

Ahora Oswaldo está reunido con Lalo y Jéssica, jóvenes que han fundado su banda de rock Salvaje Sonrisa, y junto con el productor afinan los detalles del arte de su primer disco.

“Entonces tu eres el que va a hacer la entrevista”, me pregunta Oswaldo y me levanto del sillón de la sala al tiempo que me extiende la mano derecha para saludarlo. Me invita a pasar a una cabina de grabación y de inmediato el ambiente es más íntimo. El espacio está iluminado por una pequeña lámpara de colores naranja, blanco y azul, y tomamos asiento junto a una gran consola de grabación.

Me apresuro a sacar la grabadora, sé que no dispongo de mucho tiempo. Le digo que me interesa saber más sobre Oswaldo D’ León que de Oz de La Casta. Parece que le agrada la idea y esa seriedad que transmitía en un principio va desapareciendo de la mano de anécdotas y recuerdos.

“Soy oriundo de Sotelo, aquí por el Toreo de Cuatro Caminos, que por cierto, la última vez que pasé por ahí ya no existe, está totalmente derruido. Ese era el punto, un símbolo para todos los que llegamos hace más de cuarenta años a vivir ahí”, Oswaldo reflexiona creyendo importante el hecho de que ya no esté más el gran domo.

Le pregunto sobre su infancia, sus juegos, y me describe un poco cómo era este rumbo periférico del Distrito Federal. Dice que Lomas de Sotelo estaba rodeado por llanos y rancherías. A lo lejos se vislumbraba Ciudad Satélite a la cual se llegaba tomando un tramo de autopista que ahora es Anillo Periférico.

“Eran otros tiempos”, comenta. Cuenta que en ese entonces él junto con un grupo numeroso de amigos vecinos de la unidad habitacional, podían salir a jugar a los llanos y calles, quedarse allí hasta altas horas de la noche y tomar agua de las llaves de la calle. Recuerda que por ahí pasaba el Río San Joaquín, que ahora es el Circuito interior Río San Joaquín.

Juegos como bote pateado, hoyos quemados, tocho, beisbol, futbol, todos los deportes ocupaban las tardes de este grupo de niños y niñas, ya que no había distinción entre sexos.

Cuando Oswaldo tendría entre cuatro o cinco años surgió su curiosidad por la música. A veces veía a un grupo en el que tocaba un tío y se metía al estudio a acariciar las guitarras y demás instrumentos. “Se me hacía entrar a un mundo al cual yo pertenecía, yo decía, este es mi rollo”, recuerda con gusto y su mirada cada vez se concentra más, me mira, pero siento que trata de regresar esas imágenes a su mente.

Ante la dificultad que presentaba conseguir un instrumento musical en aquel tiempo y el ferviente deseo de tener uno, expresado en cada petición de regalo a los Reyes Magos, Oswaldo juntaba a sus hermanos en las reuniones de los grandes para jugar a tener una banda musical con instrumentos improvisados. Cantaban con utensilios de cocina y botes. Él organizaba a sus hermanos y amigos ya desde esos inicios tan tempranos para tener sus bandas, siempre con nombres diferentes.

En este momento de la charla Oswaldo ha logrado recuperar esas imágenes de la infancia y yo empiezo a ilustrar su relato en mi mente. Habla de cómo tenía decorado su cuarto y me imagino que era como entrar en un santuario del rock: las paredes tapizadas con posters de personajes como John Lennon, Jimi Hendrix o Bruce Lee, entre otros que lo llenaban de curiosidad.

Otra fuente básica en la carrera de Oswaldo fue escuchar mucha música. Tuvo una madre que se casó a los diecisiete años y en tanto que joven le gustaba escuchar a The Beatles. Su padre, al ser panameño, le gustaba más escuchar música cubana, panameña, discos de Benny Moré, Celia Cruz o la Sonora Matancera. De tal modo que aparte de ser tan rico el ambiente musical en casa, siempre había un disco sonando en el tocadiscos, desde que amanecía hasta el anochecer.

“Yo estaba destinado a la música, no me veía haciendo otra cosa”, platica que estuvo buscando organizar una banda con los amigos de la escuela y reconoce el aspecto lúdico y empírico de estos inicios.

Siendo de una familia de clase media sin ningún respaldo o seguridad económica, Oswaldo trabaja tras la muerte de su padre cuando el guitarrista tenía dieciocho años. Pero esto no lo desvió de su camino destinado hacia la música. Sus dos hermanas y Omar, su hermano, siempre contaron con el apoyo de sus padres en dejarlos hacer lo que ellos quisieran ser. De modo que sus hermanas estudiaron ballet clásico, mientras que Omar es el tecladista de La Castañeda.

Fue una tía yucateca que vivía en la colonia quien le enseñó por primera vez a tocar la guitarra. Con la influencia de la trova que se toca en Mérida, Oswaldo aprendió tocando algunas pisadas que se utilizan en dicho género. “Las clases de música realmente duran muy poco, lo que tienes que hacer después de la clase es que te tienes que encerrar en tu cuarto, con la guitarra a practicar para que salga bien. Y no sale bien hasta después de muchos años y horas de práctica, porque los instrumentos así son. Son como los deportes, tienes que entrenar diario, tener condición y técnica.”

Su primer encuentro con una guitarra eléctrica se dio gracias a un amigo que tenía un bajo y un amplificador: “Cuando hizo ¡pam! y sonó el amplificador dije, este es mi rollo, ya llegué”. A partir de ese evento empezó a sacar canciones de los Rolling Stones, Led Zeppelin y Rod Stewart, entre muchos otros músicos. Al tiempo, juntaba dinero para salir a conseguir discos que, al comprarlos por las portadas, a veces eran muy buenos o muy malos.

“Yo cuando quiero escuchar música pongo a Pink Floyd, a Zeppelin o a Bowie o a Génesis o a Hendrix o a los Beatles o a los Stones. Es que los escuchamos ahora y es como escuchar a Beethoven o a Bach, o sea, ya son clásicos. Ahí fue la matriz del rock, de ahí se deriva todo lo que escuchamos ahorita y todo lo que vamos a escuchar durante muchísimos años.”

Oswaldo practicó algún tiempo la pintura, la misma tía que le enseñó a tocar la guitarra le daba clases de pintura antes de las sesiones de música. Sin embargo reconoce que de entre las artes se debe elegir una y dedicarse fuerte en ella. Estuvo metido en las dos únicas escuelas de música que había en ese tiempo: la Escuela Nacional de Música y el Conservatorio Nacional de Música. Pero terminó por salirse de ambas escuelas ante el llamado interior de querer hacer una carrera como la de aquellos personajes de los posters en su cuarto. Una búsqueda personal de libertad creativa y musical.

Muchos años antes de que La Casta surgiera en 1994, su guitarrista tocó folcklore. Llegó a escuchar mucho a poetas latinoamericanos como Silvio Rodríguez o Pablo Milanés y estuvo muy metido en la trova. Las peñas, la misma música de protesta que hoy se escucha, fueron muy tocadas en su guitarra. Todo esto configuró una de las claves técnicas e ideológicas que permitieron generar su aportación musical dentro de la banda.

Quizá una necesidad natural de muchos músicos sea la diversificación. Actualmente Oswaldo se encuentra más ocupado en la producción de discos. Después de cerca de quince años ha logrado montar su propio estudio de grabación. Al decir esto, hace énfasis en la importancia del conocimiento de todos los aparatos que debe tener un productor. “Ahora el que tiene una computadora cree que ya puede hacer un disco, pero no es cierto, no es así, puede jugar a hacer un disco...”

“La inspiración tiene que llegar trabajando”. Cuando se trata de algo serio como producir o hacer música profesionalmente, las musas son de poca utilidad si llegan mientras uno está jugando, interpreto a Oswaldo. Hoy su actividad principal es la producción, pero no ha abandonado la otra parte, hacer su propia música. En 2004 sacó su primer disco como solista y en 2009 el segundo.

Como productor le gusta escuchar nuevas bandas, colaborar en enseñarles a los jóvenes el cómo se hace un disco ya que eso, asegura, no se enseña en la escuela.

Todo aquel que haya visto en vivo o en video alguna presentación de La Castañeda ha presenciado una mezcla de rock, performance, y teatro en el escenario. Oswaldo, como los demás integrantes de la banda, tiene la idea de que la música puede expandirse en el escenario. De que mediante la música se le puede dar vida a personajes que actúen en las canciones. Estos personajes son extraídos de pláticas entre la banda y son, a mi entender, variaciones de su alter ego. Se dice que la locura nos permite acceder a terrenos negados para los cuerdos, y estos monstruos no son mas que el reflejo nuestro que vive del otro lado del espejo.

La Castañeda no es egoísta, siempre ha ofrecido cosas diferentes y Oswaldo nos ha ofrecido una plática diferente. Felicidades a La Casta por su XX aniversario, celebrado este 2009 con sus seguidores.

Emofobia I